jueves, 11 de mayo de 2017

“Presidential address. Histories for a less national age” de Kenneth Pomeranz

Si la historia nacional del siglo XIX y XX ayudó a fortalecer el sentido de la ciudadanía nacional, ahora, en un mundo con tantos desafíos sociales por resolver, como las desigualdades, las barreras sociales, entre otros, los historiadores  deben  procurar hacer una historia global que una a todos más allá de las divisiones o desarrollos aislados que nos pueda imponer una frontera artificial. Defensores de la historia mundo, han argumentado que es el propio mundo la unidad con la cual se debe trabajar en la investigación histórica. Pero no una historia global ligada sólo a lo económico, como se había venido trabajando, sino una que vaya más allá de lo financiero, pues al realizar intercambio comercial no sólo se intercambian bienes, servicios o dinero, sino que toda una estructura social entra en contacto con otras, conversando, conociéndose y diluyéndose en la comunicación interpersonal, que no se puede obviar.

 Para lograr este cometido, de realizar una historia global más allá de las fronteras y de las naciones, se tendrá que contar con un nutrido grupo de africanistas, europeístas, latinoamericanistas, entre otros especialistas, para así lograr hacer la historia del mundo, puesto que antes de mirar el panorama global, primero es conveniente mirar el escenario local, y ya mucho de esto se ha venido haciendo en las últimas décadas.

Parte de este interés por hacer una historia global surge de la reflexión acerca de qué está haciendo o cómo se está modificando la Historia frento a los cambios de nuestra era, que por lo general tienen que ver con la globalización y la cada vez más inminente integración mundial.  La interrelación de los distintos  lugares del planeta por distintos factores es un fenómeno que no puede escapar del lente de los historiadores, pues es un fenómeno contundente de nuestro día a día. Nuestra disciplina ha venido avanzando en estos aspectos por medio de tímidos  pero certeros desarrollos desde hace algún tiempo.

Un primer desarrollo que analiza Pomeranz en su texto, es la creciente importancia que está teniendo para los historiadores el análisis entre lo que se denomina “Occidente” con el “resto del mundo”. Temas como la migración, los movimientos de bienes, la contaminación, el intercambio de ideas, son materias que en los últimos años han concitado el interés de los historiadores y que se reflejan en ciertas obras, que son parte de lo que se conoce como la historia transnacional, que si bien, en la mayoría de trabajos se ve un centralismo en la relación entre Estados Unidos y el resto del mundo, se destaca el interés por no ofrecer  no una sólo versión de la historia, tanto del centro como de la periferia, y eso es precisamente uno de los puntos básicos de esta nueva forma de hacer Historia.

Otro desarrollo, es el aumento en el cuestionamiento al nacionalismo metodológico, o en otras palabras, la crítica a la poderosa suposición del siglo XIX que las naciones son el punto de referencia para la Historia, la nación como el principal contenedor lógico para el análisis histórico. Esta idea de la nación como centro para la Historia ha venido cuestionándose desde años atrás al constatar los historiadores que categorías como la raza, el géneros o la sexualidad, son categorías incluso más significativas que las mismas naciones, pues competen a toda la humanidad y que no son fenómenos que se restrinjan a una sola parte del planeta, sino que se han sucedido en una multitud de escenarios geográficos y políticos.

Pese a los avances en  la Historia global, su forma de tratar la información se presenta como más difícil de absorber dentro de los esquemas tradicionales del quehacer historiográfico, ya que desagrega la unidad nacional traspasando las fronteras de nacional, lo cual permite ver similitudes o diferencia, pero que demanda una mayor concentración de casos para los historiadores. Procurando la cooperación entro los historiadores para realizar investigaciones.

La historia del mundo puede potencialmente hacer algo muy diferente para los historiadores de lo que el análisis de unidades supranacionales han logrado. El nuevo desafío desde lo global se encuentro en el cuestionan tanto los marcos nacionales así como de lo que se entiende por civilización y civilizado. Diseña métodos sin pretender abarcar los sistemas políticos y las áreas culturales específicos, sino los fenómenos sociales más allá de un reducido ámbito geográfico. Esto supone la investigación con grupos y redes de profesionales transnacionales y otros grupos espacialmente dispersos.

Los interesados ​​en la síntesis a nivel macro necesitan claramente la investigación monográfica sobre muchas áreas todavía descuidadas por la investigación histórica.  Los estudios de, por ejemplo, las redes del Océano Índico son propensos a estimular historias nacionales, por no llegar a suplir la demanda en la información requerida. El impulso a la inclusión más amplia y el empuje para diferentes unidades se refuerzan mutuamente, pero se requiere de una compleja organización tanto en el trabajo como en las fuentes y de lo que se conoce al respecto. Estudios de las cadenas de productos básicos;  estudios de los espacios interactivos, como el litoral Atlántico o la Ruta de la Seda, son interesantes, debido a que sus densas redes de interacción, pero suponen un conocimiento amplio de las distintas zonas en donde se investigue. 

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